miércoles, 16 de marzo de 2016

Crónica escatológica

Tenía 23 años cuando viajé por primera vez fuera de Cuba en 1976. Hasta ese momento lo más lejos que había llegado era a nuestro Santiago. Fue una gira de dos meses de duración y que incluía a Polonia como primer país, Bulgaria como segundo y por último España. La delegación criolla la conformábamos Sara González, Pablo Milanés, y el grupo de Experimentación Sonora del ICAIC del que ya formaba parte como intérprete después de haber sido utilero y asistente de sonido desde 1972.
Recuerdo el vestuario: pantalones de muselina azul claro, camisa a cuadros, un abrigo primaveral —¡en pleno invierno europeo!—, todo prestado por amigos, y un par de calzoncillos blancos, marca Varadero, adquiridos en una tienda para viajeros llamada eufemísticamente “El Louvre”. De más está comentar que estuve a punto de morir congelado durante toda la gira. Tuvimos cierto éxito, no lo voy a negar, pero las presentaciones no dejaban de tener un tono hilarante, algunas veces con una siniestra comicidad, porque antes de entonar cada canción, en Polonia y Bulgaria, un traductor hacía la traslación al idioma nativo de los textos de nuestras canciones. Ahí supimos que Pablo Milanés en polaco, o en búlgaro, sonaba algo así como Pabblita Milannessa y yo Amaurozzca Perezzosca por solo señalar un par de ejemplos.
Moría por ver la nieve, eso es algo con lo que todos los caribeños soñamos alguna vez, y estando en un puerto de montaña polaco llamado Sakopane, en medio del concierto, se produjo el milagro del alumbramiento celestial. Mientras el grupo interpretaba un instrumental del inolvidable Emiliano Salvador llamado “¡Anda, Lucía!” Sara me dice: “¡Mauro, mira por la ventana, está nevando!”.
Me emocioné tanto ante el bello espectáculo invernal que —vaya usted a saber por qué— se aflojaron mis tripas y le susurré a Sara: “¡Gorda tengo que ir al baño!” “¡No puedes! —gritó ella—. ¡Faltan nada más tres minutos para que cantemos el final con Cuba Va!”.
Las súplicas de Sara y su grave advertencia no fueron escuchadas por mí, que ya corría escaleras abajo en busca de un baño. Lo encontré, pero en el pórtico del mismo, sentada como toda una matrona, una fea, gruesa y barbuda anciana polaca blandía en sus manos un rollo de papel sanitario que no estaba dispuesta a proporcionarme si no le abonaba las correspondientes monedas.
Como no tenía dinero me vi obligado a hacer mis necesidades a como diera lugar y ya pensaría de qué manera resolvería el pequeño detalle de la higiene posterior. Una vez satisfechas las urgencias, pensé: “¡el calzoncillo!”. Resolví con éste el problema y como, además, en el sanitario no había ni un cesto, porque también por ese había que pagar, me trepé a un altísimo ventanal y arrojé mi deshonrada prenda al viento, despidiéndome de ella para siempre. Volví al escenario justo a tiempo y el concierto terminó felizmente.
Cuando abandonábamos el recinto, sentimos un barullo en el lobby del teatro. Un grupo de espectadores horrorizados rodeaba a otra rolliza anciana que, con unas largas pinzas de madera, utensilio acompañante de las lavadoras Aurica, sostenía, como una bandera, un fétido calzoncillo, y que, en un lenguaje incomprensible para nosotros, aullaba indignada. El calzoncillo, a decir verdad, cortaba el aire con movimientos perturbadores.
El bajista y director del grupo Eduardo Ramos le preguntó al traductor: “¿Qué ocurre?”. A lo que él respondió: “¡Dice la señora que un calzoncillo cagado cayó en su jardín!”. Eduardo, con prestancia y dignidad, negó rotundamente que fuera nuestro, a lo que la histérica polaca respondió señalando la etiqueta del calzoncillo: “¡¡¡Cubinski, Cubinski, Varraderrro!!!”
Ante tal irrefutable evidencia, salimos despavoridos entre la multitud.
Una vez en el hotel, Eduardo, muy molesto, nos reunió y preguntó: “¿Quién fue?” Recibió una negativa rotunda y colectiva por respuesta. Nos fuimos a dormir. Yo compartía habitación con él y me dije: ”No me quito los pantalones hasta que no se duerma”. Pero insistió: “¿Vas a dormir con ropa?”. “Sí, tengo mucho frío” le respondí nervioso. “¡No me jodas, Amaury! ¡Fuiste tú, coño!” me increpó.
Descubierto y avergonzado, me metí desnudo entre las cobijas.
Esta anécdota me acompañó durante toda la gira… y el resto de mi vida.

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