viernes, 5 de julio de 2013

Sobre Liuba María Hevia

Debe haber sido a principios de los años noventa cuando nos encontramos por vez primera. Digo debe porque conocer a un ser angelado y, por lo mismo, luminoso, estuvo asociado, por esas peripecias del destino, con la pérdida física de mi padre; suele suceder que el cielo roba y regala a partes iguales, o casi. Sara González y Diana Balboa me habían insistido en que conociera y escuchara a aquella muchacha menuda, compositora de canciones que interconectaban con las mías, en esa inasible y desacostumbrada trama donde los hilos se cosen hasta tejer el tapiz de los sueños compartidos. Aquella tarde me cantó “Si me falta tu sonrisa”, se la hice repetir muchas veces, tal vez por miedo a que la noche se tragara, con sus ecos, el milagro de semejante tema; nadie podía escribir sobre la pérdida del amor con aquella honesta fragilidad y con su edad.

Nos hicimos amigos al instante, sin mediar la maduración de las cotidianidades. La amistad también desata, entre otras sorpresas, la eternidad. Todos estos años no hicieron más que confirmar lo que presagió aquel instante, y darle forma, y volverlo corazón y remitirle alturas. He acompañado a Liuba en todos sus discos, paladeado sus canciones con una voz cada día mas redonda y entera, en sus aventuras y desventuras amorosas, en su humor ingenioso, ácido, a veces corrosivo e irreverente, en sus momentos dolorosos y en sus ausencias, que siempre se convierten en progenitoras de melodías y letras que acarician, cuando no ahogan. Y, claro, también he tenido el privilegio de verla, y sentirla feliz, y cuando eso ocurre, por fortuna con frecuencia, mi alma se encandila, se perfuma el entorno y hace que el mundo, nuestro mundo, gane en bondad, preñando de colores la alegría. Liuba es infinita y a los seres infinitos Dios siempre les regala una nueva oportunidad. El análisis y trascendencia de su obra lírica y musical será mañana objeto de estudio y otros, con más oficio, se encargarán de hacerlo.

Yo, desde mi latitud, pondré junto y sobre ella la admiración profesional y el amor que le tengo, del que ya no quiero, ni puedo, ni debo desprenderme, no vaya a ser que en un descuido, me falte su sonrisa.

Gracias hermanita.

 Amaury Pérez, a los 20 días del mes de febrero de 2012. 


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